Anunciación del Señor: por qué se celebra el 25 de marzo

Anunciación del Señor: por qué se celebra el 25 de marzo

El 25 de marzo se celebra la Anunciación del Señor, una fiesta dedicada a Jesús, pero también a Su madre María, que está indisolublemente ligada a Él. Descubramos por qué.

Pocas festividades cristianas pueden presumir de la importancia religiosa de la Anunciación del Señor. De hecho, se sitúa en el centro de la historia de la salvación, ya que representa el comienzo de los tiempos nuevos, de la nueva alianza entre Dios y el hombre. Es con la Anunciación cuando se pone en marcha ese plan divino que culminará con el nacimiento de Jesús y, sobre todo, con su muerte y resurrección.

¿Pero de qué se trata?

El término “Anunciación” describe el encuentro entre María y el arcángel Gabriel en la pequeña aldea de Nazaret. Fue un encuentro destinado a cambiar por completo el destino de la humanidad, ya que fue en aquella ocasión cuando el Arcángel, mensajero de Dios, anunció a la joven el inminente nacimiento del Mesías.

Nos referimos al misterio de la Encarnación del Verbo, es decir, a la creencia de que Jesucristo se encarnó en el seno de la Virgen María. Por eso la Anunciación se llamaba antiguamente la Fiesta de la Divina Encarnación. Un concepto imprescindible para los cristianos que, sin embargo, generó muchos desacuerdos en la antigüedad. Al final, después de las propuestas y disertaciones sobre la Encarnación y la naturaleza de Jesús que se discutieron en el Primer Concilio de Nicea en 325, el Concilio de Éfeso en 431 y el Concilio de Calcedonia en 451, fue declarado que Jesús era tanto plenamente Dios, y como tal la encarnación de la segunda persona de la Santísima Trinidad, engendrado y no creado por el Padre, como plenamente hombre, nacido de la Virgen María, hecho carne. Todo lo que divergía de este pensamiento era definido como herejía.

Santísima Trinidad

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La Fiesta de la Anunciación se celebra el 25 de marzo por varias razones. Antiguas teorías, ya debatidas en los siglos VI y VII, sostenían que tanto la Encarnación del Verbo como la creación del mundo tuvieron lugar en el equinoccio de primavera, que cae alrededor de esta fecha. Muy sencillamente, si calculamos el 25 de diciembre como la fecha del nacimiento de Jesús, sólo tenemos que retroceder nueve meses para encontrar la fecha aproximada de su concepción milagrosa.

Un aspecto fundamental que debemos considerar al hablar de la Anunciación del Señor es su doble naturaleza de fiesta dedicada a Jesús, pero también de fiesta mariana. La Anunciación representa quizá el momento más elevado e importante de encuentro entre lo humano y lo divino, y por ello ambos protagonistas tienen el mismo valor. María simboliza la espera de Israel, que finalmente se cumple con la llegada del Salvador. Su aceptación del destino querido para ella por Dios, la obediencia con la que se confía a Su voluntad y, sobre todo, el inmenso amor que la caracteriza a partir de este momento, están indisolublemente ligados a la obra salvífica de Su Hijo. En María, la Salvación es ya una realidad, en el mismo instante en que se pronuncia su promesa: «He aquí concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de su padre David. Reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y de su reino no habrá fin» (Lucas 1, 31-33). Así es como, según Lucas, el ángel anuncia a María la venida de Cristo Rey, Rey de Israel, Rey de reyes, Rey de la Tierra, Rey de las naciones, como está escrito en las antiguas profecías sobre el Mesías esperado por los Judíos.

Anunciación del Señor, por tanto, pero también Anunciación de la Bienaventurada Virgen María, como se conocía la fiesta en el pasado.

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Pero veamos con más detalle lo que escribió Lucas sobre la Anunciación.

Evangelio de Lucas Anunciación

La Anunciación se narra de manera muy diferente en el Evangelio según San Mateo y en el Evangelio según San Lucas. Nos detendremos principalmente en la versión de Lucas, en la que el Arcángel se dirige a María para anunciarle su próximo embarazo. En cambio, en el Evangelio según Mateo, es a José a quien un ángel va a decirle en sueños que no repudie a su esposa embarazada por el Espíritu Santo.

He aquí lo que escribe Lucas:

26 Seis meses después, Dios envió al ángel Gabriel a la ciudad galilea de Nazaret 27 para ver a María, una virgen que estaba comprometida con José, un hombre que era descendiente de David. 28 El ángel entró en donde ella estaba y le dijo: «¡Salve, muy favorecida! El Señor está contigo». 29 Cuando ella escuchó estas palabras, se sorprendió y se preguntaba qué clase de saludo era ése. 30 El ángel le dijo: «María, no temas. Dios te ha concedido su gracia. 31 Vas a quedar encinta, y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. 32 Éste será un gran hombre, y lo llamarán Hijo del Altísimo. Dios, el Señor, le dará el trono de David, su padre, 33 y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». 34 Pero María le dijo al ángel: «¿Y esto cómo va a suceder? ¡Nunca he estado con un hombre!» 35 El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el Santo Ser que nacerá será llamado Hijo de Dios. 36 También tu parienta Elisabet, la que llamaban estéril, ha concebido un hijo en su vejez, y ya está en su sexto mes de embarazo. 37 ¡Para Dios no hay nada imposible!» 38 María dijo entonces: «Yo soy la sierva del Señor. ¡Cúmplase en mí lo que has dicho!» Y el ángel se fue de su presencia. (Lucas 1, 26-38).

Basta leer este pasaje del Evangelio para comprender la importancia que tiene la Anunciación para todos los cristianos. Se han realizado innumerables estudios sobre cada una de las frases, cada uno de los pasajes de este escrito. Desde luego, no pretendemos agotar todas las infinitas implicaciones, desde las lingüísticas hasta las teológicas, en un solo artículo.

Nos acercamos a él con sencillez y humildad, al igual que María, una virgen prometida a un hombre, José, que, ante la presencia de Gabriel, uno de los arcángeles pertenecientes a la tercera jerarquía de la corte celestial, un ángel que tiene el poder de Dios en su mismo nombre, ya que su nombre significa «Dios se manifiesta fuerte poderoso y omnipotente», al principio se siente turbada, sólo por el altisonante saludo con el que se dirige a ella. Ese llena de gracia que tan bien conocemos gracias a la oración del Ave María, y que procede del griego kecharitoméne, término que expresa el máximo de la gracia que alguien puede encarnar. Pero el propio nombre de María expresa un significado que va más allá del propio nombre, ya que en arameo significa «princesa, señora, reina», en hebreo «aquella que ve y hace ver (lo que no se puede ver)», y en egipcio «aquella que es amada por Dios».

Luego se calma, cuando el ángel le dice que no debe temer, porque está en la gracia de Dios, y cuando se le anuncia que de su seno nacerá el Rey que todos están esperando, se asombra en su sencillez, pues ella aún no ha conocido al hombre.

El ángel la tranquiliza y, para darle una señal de la veracidad de sus palabras, le dice que su pariente Isabel también está embarazada, a pesar de su avanzada edad, y que pronto dará a luz, porque para Dios no hay nada imposible.

Y en este momento María ya no tiene dudas, ni vacilaciones: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra».

Palabras de humildad y obediencia, y al mismo tiempo de increíble potencia. En el momento en que se entrega por completo a la voluntad de Dios, María representa todo lo mejor que la humanidad puede encarnar y ofrecer, y Dios mismo la eleva por encima de todo y de todos.

Así debemos vivir también nosotros esta fiesta, como una invitación a la humildad, al coraje de confiarnos completamente a Dios, sin reparos, sin preguntas. Si bien es cierto que siempre es mejor reflexionar y afrontar racionalmente las decisiones importantes, también lo es que, en ciertos casos, hay que confiar sólo en la fe, sin pensar en las consecuencias. Al aceptar la voluntad de Dios, María sabía que se arriesgaba a ser repudiada por su prometido, sin embargo, no dudó, no pidió garantías. Confió en Dios.

Esto la hace la llena de gracia, y en su hijo Jesús todo hombre puede esperar obtener un poco de esa gracia tan preciosa.

Ya antes del nacimiento del Salvador, Su madre se convierte en intermediaria entre Él y todos los hombres. Si Jesús está en el centro de nuestra visión del cielo, María está a su lado, pidiendo gracias para todos nosotros. Ella, que creyó en Su Hijo incluso antes de que naciera.

La Anunciación en el arte

La Anunciación ha sido reproducida innumerables veces en el arte sacro. Pensemos en el maravilloso cuadro de Antonello da Messina, o en la Anunciación de Leonardo da Vinci, o incluso antes en la de Giotto o Bernardo Daddi, y en las diversas versiones pintadas por Fra Angelico, por citar sólo algunas.

Usualmente, sin importar la época y la corriente artística de referencia, las pinturas que representan la Anunciación del Señor tienen como protagonistas a María y al Arcángel Gabriel, generalmente colocados uno frente al otro en cada extremo del espacio. En algunas pinturas o frescos el ángel está volando, en otros en el suelo, de pie o arrodillado, mientras que María suele estar sentada, con los brazos cruzados, signo de sumisión.

En algunas representaciones, en cambio, tiende la mano hacia el ángel, que le entrega un lirio. El simbolismo del lirio, expresión de pureza, se repite con frecuencia. Incluso la habitación de María, que a veces se entrevé detrás de ella, está limpia y ordenada, expresando así su modestia y pureza.

A veces las palabras del Ave María salen de la boca del ángel.

Otros protagonistas de la representación pueden ser el Espíritu Santo, representado como una paloma, la mano de Dios que aparece en una esquina, y el mismo Jesús, asociado o no a Adán y Eva, signo de la purificación del pecado original que Su venida representa.

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En el Renacimiento y el Barroco, la disposición de los personajes y los elementos simbólicos comenzó a cambiar, creando nuevas y sugestivas visiones de este episodio, que aún hoy sigue siendo un tema recurrente en la iconografía sagrada.